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Mostrando entradas de noviembre 3, 2021

¿Qué le pasa a la gallina?

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Natalia tenía 10 años, y desde que tenía 6 pasaba los veranos en la granja de sus abuelos. A Natalia le gustaban mucho los animales y disfrutaba las vacaciones ayudando a sus abuelos a cuidarlos. Era una granja rodeada de campo para que las vacas y las ovejas pudieran comer y pasear durante el día. Las dos yeguas y el burrito de su abuelo se refugiaban del sol dentro del establo. Había un gallinero repleto de ruidosas gallinas, algunas se escondían a poner sus huevos en una caseta y otras paseaban y picoteaban, también vivía allí un gallo con la cola de colores que les despertaba todas las mañanas. En un lateral de la casa, su abuela y su abuelo habían sembrado lechugas, tomates, zanahorias y unas enormes sandías, y en un extremo crecía fuerte un limonero que sus abuelos habían plantado 6 años antes. La tarea favorita de Natalia era la de dar alfalfa y zanahorias a los caballos y el burrito, y, aunque el gallo le daba un poco de miedo, era muy valiente y también entraba en el gallinero...

El sol y la luna.

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Un niño y una niña vivían con su madre en una casita en un valle. Un día la madre fue a trabajar a un banquete que se daba en otra ciudad. Antes de irse, la madre les dijo sus hijos: “Hoy tengo que ir a trabajar a una casa a veinte cuestas de aquí. Cuando oscurezca cerrad bien la puerta y no abráis a nadie hasta que vuelva yo”. Los niños obedecieron y se despidieron de ella. Cuando su madre terminó de trabajar ya era de noche. Colocó sobre su cabeza el paquete de pasteles de arroz que le habían regalado para sus hijos y partió. La madre caminaba por las calles con mucho miedo porque se oían aullidos y ruidos de animales salvajes, aunque andaba con ganas por llegar a casa y darles los pasteles a sus hijos. Al cruzar la primera cuesta se topó con un tigre que, olfateándola, le preguntó qué llevaba sobre su cabeza. La madre le dijo que eran pasteles para sus hijos, a lo que el tigre contestó “Si me das un pastel no te comeré”. La madre se lo dio enseguida y se fue corriendo con temor. Al ...

El puma recibe una lección.

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Se cuenta que hace muchos, muchísimos años, vivía en México un puma negro como el carbón y fuerte como ninguno. Consciente de que su presencia causaba miedo a los demás animales de su entorno, disfrutaba dándoles sustos en cuanto veía la ocasión. Si les pillaba despistados, comenzaba a rugir de repente causándoles un gran sobresalto. Otra de sus aficiones favoritas era trepar a los árboles y saltar sin hacer ruido tan cerca de ellos que salían corriendo aterrorizados. El puma se divertía mucho con estas bromas pesadas, pero lo cierto es que los demás animales estaban hartos de su mal gusto. Cierto día, el puma iba corriendo a tal velocidad que tropezó con la casa de un pequeño saltamontes y la destrozó. El saltamontes se enfadó muchísimo. – ¿Te parece bonito lo que has hecho? – le dijo enfurecido, enfrentándose a él con valentía – Estoy harto de que actúes de manera arrogante ¡Mira las consecuencias que tienen tus estúpidos comportamientos! – ¿Cómo te atreves a hablarme así? – El puma ...

Los pasteles y la muela.

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Érase una vez un labrador que trabajaba las tierras de un rico terrateniente. Desde niño había tenido un único deseo en la vida: conocer a su rey. Imaginaba que, un hombre tan poderoso y afamado, debía tener algo especial que destacara sobre el resto de los mortales. Un día no aguantó más la curiosidad y, después de cobrar el sueldo del mes, cogió un petate y se fue a la capital del reino. Caminó durante varios días pero su esfuerzo tuvo su recompensa, pues nada más traspasar las murallas de la ciudad, la casualidad quiso que la comitiva real desfilara junto a él. El monarca, engalanado con una deslumbrante capa dorada y luciendo una corona de piedras preciosas, saludaba efusivamente a los que se arremolinaban en las callejuelas para verle pasar. El labrador le miró sin pestañear y, cuando se alejó, sintió una gran desilusión. – ¡Bah! ¡Si es un hombre como otro cualquiera! Me he gastado casi todo el dinero que tenía en venir hasta la ciudad para conocer al rey y no ha merecido la pena....

El hada de los deseos.

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Érase una vez una niña muy linda llamada María que vivía en una coqueta casa de campo. Durante las vacaciones de verano, cuando los días eran más largos y soleados, a María le encantaba corretear descalza entre las flores y sentir las cosquillitas de la hierba fresca bajo los pies. Después solía sentarse a la sombra de un almendro a merendar mientras observaba el frágil vuelo de las mariposas, y cuando terminaba, se enfrascaba en la lectura de algún libro sobre princesas y sapos encantados que tanto le gustaban. Su madre, entretanto, se encargaba de hacer todas las faenas del hogar: limpiaba, cocinaba, daba de comer a las gallinas, tendía la ropa en las cuerdas… ¡La pobre no descansaba en toda la jornada! Una de esas tardes de disfrute bajo su árbol favorito, María vio cómo su mamá salía del establo empujando una carretilla cargada de leña para el invierno. La buena mujer iba encorvada y haciendo grandes esfuerzos para mantener el equilibrio, pues al mínimo traspiés se le podían caer...

El zapatero y los duendes.

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Érase una vez un zapatero al que no le iban muy bien las cosas y ya no sabia qué hacer para salir de la pobreza. Una noche la situación se volvió desesperada y le dijo a su mujer: -Querida, ya no me queda mas que un poco de cuero para fabricar un par de zapatos. Mañana me pondré a trabajar e intentaré venderlo a ver si con lo que nos den podemos comprar algo de comida. -Está bien, cariño, tranquilo... ¡Ya sabes que yo confío en ti! Colocó el trocito de cuero sobre la mesa de trabajo y fue a acostarse. Se levantó muy pronto, antes del amanecer, para ponerse manos a la obra, pero cuando entró en el taller se llevó una sorpresa increíble. Alguien, durante la noche, había fabricado el par de zapatos. Asombrado, los cogió y los observó detenidamente. Estaban muy bien rematados, la suela era increíblemente flexible y el cuero tenía un lustre que daba gusto verlo ¡Sin duda eran unos zapatos perfectos, dignos de un ministro o algún otro caballero importante! – ¿Quién habrá hecho esta...

Hansel y Gretel. Adaptación del cuento de los Hermanos Grimm.

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En una cabaña cerca del bosque vivía un leñador con sus dos hijos, que se llamaban Hansel y Gretel. El hombre se había casado por segunda vez con una mujer que no quería a los niños. Siempre se quejaba de que comían demasiado y que por su culpa, el dinero no les llegaba para nada. - Ya no nos quedan monedas para comprar ni leche ni carne -dijo un día la madrastra - A este paso, moriremos todos de hambre. -Mujer... Los niños están creciendo y lo poco que tenemos es para comprar comida para ellos. -contestó compungido el padre. -¡No! ¡Hay otra solución! Tus hijos son lo bastante espabilados como para buscarse la vida ellos solos, así que mañana iremos al bosque y le abandonaremos allí. Seguro que con su ingenio conseguirán sobrevivir sin problemas y encontrarán un nuevo lugar para vivir. -ordenó la madrastra envuelta en su ira. -¡Cómo voy a abandonar a mis hijos a su suerte? ¡Son solo unos niños! - ¡No hay más que hablar! -siguió gritando - Nosotros viviremos más desahogados y ellos, que...

Caperucita Roja. Adaptación del cuento de Charles Perrault.

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Érase una vez una preciosa niña que siempre llevaba una capa roja con capucha para protegerse del frío. Por eso, todo el mundo la llamaba Caperucita Roja. Caperucita vivía en una casita cerca del bosque. Un día, la mamá de Caperucita le dijo: – Hija mía, tu abuelita está enferma. He preparado una cestita con tortas y un tarrito de miel para que se la lleves ¡Ya verás qué contenta se pone! – ¡Estupendo, mamá! Yo también tengo muchas ganas de ir a visitarla – dijo Caperucita saltando de alegría. Cuando Caperucita se disponía a salir de casa, su mamá, con gesto un poco serio, le hizo una advertencia: – Ten mucho cuidado, cariño. No te entretengas con nada y no hables con extraños. Sabes que en el bosque vive el lobo y es muy peligroso. Si ves que aparece, sigue tu camino sin detenerte. – No te preocupes, mamita – dijo la niña- Tendré en cuenta todo lo que me dices. – Está bien – contestó la mamá, confiada – Dame un besito y no tardes en regresar. – Así lo haré, mamá – afirmó de nuevo Ca...